MIEDO

Ante la importante perturbación angustiosa que supone afrontar cualquier miedo, el equilibrio vuelve a ser la mejor solución, y no encuentro mejor forma de plasmar esto que recurriendo una vez más al lenguaje callejero que en una de sus populares frases dice: “de los cobardes no se ha escrito nunca nada, pero de valientes esta el cementerio lleno. El miedo, sea cual sea su naturaleza, es una situación difícil de digerir, pero creo que habría que distinguir al menos entre dos grandes tipos de temores. Por un lado esta el miedo físico, ese que viene dado por una actividad de riesgo y que suele aparecer por pánico a las consecuencias de un posible contratiempo o accidente. Y por otro lado, el miedo del alma, cuya aparición es consecuencia de una determinada situación y cuyo peor resultado no implica daño físico alguno. Me explico: el miedo que se llega a sentir bajando un puerto mojado y a tumba abierta, o arriesgando por coger una buena posición en un sprint, puede llegar a límites insospechados (de cagarse vamos) y aparece por desconocer las secuelas o la magnitud de cualquier percance en ese contexto. Lo cierto es que en cualquier actividad de riesgo, el límite lo pones tú y la cosa sería tan sencilla como apretar un pelín más las manetas de freno para que el nivel de angustia disminuya y todo vuelva a la normalidad. Pero no es tan fácil, porque cuando la adrenalina gotea por tu frente y el pulso se dispara, pierdes en parte la noción de las cosas, y la locura o la insensatez se imponen en muchos casos al sentido común. Si se produce lo contrario y la coherencia puede con el atrevimiento, eliminamos gran parte de ese miedo físico, ese temor a sufrir un revés de inciertas consecuencias. Sin embargo, horas después, cuando ya estés en casa tumbado en la cama y reflexionando sobre tu actuación en carrera, puede que aparezcan otros terrores mucho más crueles, aunque sin consecuencias aparentes. Ese miedo oculto que invade sin escrúpulos tus pensamientos y ahoga tu corazón, el miedo al fracaso, a defraudar, a quedarse sin trabajo, a no poder sacar adelante a tu familia, el miedo a pasar hambre. Ese es el verdadero miedo. He llegado a temer por mi físico en multitud de ocasiones, pero apenas soy capaz de recordar como es esa sensación. Por lo contrario recuerdo perfectamente la angustia que me invadía cuando los resultados no me acompañaban, cuando las lesiones no me abandonaban, o cuando, otoño tras otoño, miraba angustiado en el buzón buscando desesperado los contratos y la renovación.

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